No es un diagnóstico exagerado. Es una realidad palpable. La predicación ha mutado, en no pocos contextos, hacia formas más cercanas al discurso motivacional, la opinión personal o la tribuna social que a la proclamación fiel del texto bíblico. El resultado es una iglesia entretenida, pero no edificada; informada de muchas cosas, pero ignorante de lo esencial.
Frente a este panorama, no basta con ajustes superficiales. Lo que se requiere es una reforma. Y toda reforma genuina en la iglesia comienza por el púlpito.
La predicación expositiva no es un método, es una convicción
La predicación expositiva no es simplemente una técnica homilética entre muchas. Es la consecuencia natural de creer que la Biblia es, en verdad, la Palabra de Dios. Si Dios ha hablado, entonces el deber del predicador no es inventar un mensaje, sino explicar el que ya ha sido dado.
El apóstol Pablo lo expresa con una claridad que atraviesa los siglos:
“Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).
No dice: predica tus ideas. No dice: adapta el mensaje a la cultura. No dice: mantén a la audiencia cautiva. Dice: predica la Palabra.
La predicación expositiva, en su esencia, consiste en eso: abrir el texto, entender su significado original y aplicarlo fielmente al presente. Es dejar que el texto hable, que el texto confronte, que el texto consuele.
Cuando el púlpito se desplaza, la iglesia se deforma
Uno de los efectos más visibles del abandono de la predicación expositiva es la fragmentación doctrinal. Cuando el sermón deja de seguir el hilo de la Escritura y se convierte en una selección arbitraria de temas, la congregación recibe una dieta desbalanceada.
Se predica lo que resulta cómodo. Se evitan los textos difíciles. Se enfatizan ciertos asuntos y se ignoran otros. Y así, poco a poco, la iglesia deja de pensar bíblicamente para empezar a pensar selectivamente.
Pero hay algo más grave.
Cuando el texto deja de ser el centro, el púlpito queda disponible para cualquier cosa: opiniones personales, ataques disfrazados de “denuncia profética”, discursos políticos, sátiras que buscan aplausos más que arrepentimiento. El púlpito, que debería ser un lugar sagrado donde Dios habla a su pueblo, termina convertido en una plataforma de intereses humanos.
El profeta Jeremías denunció algo similar en su tiempo:
“No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban” (Jeremías 23:21).
La tragedia no es nueva. Solo ha adoptado nuevas formas.
La historia de la iglesia es clara: donde hay reforma, hay exposición
Cada avivamiento genuino en la historia de la iglesia ha estado acompañado por un retorno a la predicación bíblica.
Durante la Reforma Protestante, figuras como Lutero y Calvino no revolucionaron la iglesia con ideas novedosas, sino con una convicción antigua: la Escritura debía volver a ocupar su lugar central. Calvino, en Ginebra, predicaba libro por libro, versículo por versículo, convencido de que la autoridad residía en el texto, no en el predicador.
Siglos después, hombres como Charles Spurgeon insistieron en lo mismo: el poder no está en la elocuencia humana, sino en la fidelidad al mensaje divino.
La historia no deja lugar a dudas: cuando la Palabra es expuesta, la iglesia es reformada. Cuando la Palabra es desplazada, la iglesia se deforma.
El problema no es la predicación temática, es el desplazamiento de la Escritura
Es importante hacer una precisión. No toda predicación temática es, en sí misma, un error. El problema surge cuando lo temático sustituye lo expositivo, cuando el tema gobierna al texto en lugar de ser el texto quien gobierne el tema.
El peligro está en usar la Biblia como respaldo, en lugar de someterse a ella como autoridad. En buscar versículos que confirmen lo que ya se quiere decir, en lugar de dejar que el texto determine lo que debe decirse.
Ahí es donde el púlpito comienza a desviarse.
La urgencia de volver
Volver a la predicación expositiva no es un capricho teológico. Es una necesidad pastoral. Es una urgencia espiritual.
Porque la fe viene por el oír, “y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). No por opiniones. No por discursos inspiracionales. No por análisis culturales. Por la Palabra.
Porque la Escritura es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16), y nada fuera de ella puede cumplir esa función con la misma autoridad.
Porque solo la Palabra tiene el poder de penetrar hasta lo más profundo del ser humano (Hebreos 4:12).
Y porque, al final, el predicador no será juzgado por su creatividad, sino por su fidelidad.
Un llamado al púlpito
Este no es un llamado a predicar mejor. Es un llamado a predicar correctamente.
A abrir la Biblia con reverencia.
A someterse al texto antes de explicarlo.
A resistir la tentación de usar el púlpito para agendas personales.
A confiar en que la Palabra, por sí misma, es suficiente.
La iglesia no necesita más discursos ingeniosos. Necesita más Biblia.
No necesita más opiniones fuertes. Necesita más exposición fiel.
No necesita más ruido. Necesita la voz de Dios.
Y esa voz no se improvisa. Se expone.
Volver al texto no es retroceder. Es volver al único lugar desde donde la iglesia puede avanzar sin perderse.
Porque cuando la Palabra ocupa su lugar, todo lo demás encuentra el suyo.
— Jesús A. Rubio Bolaños.
_________________________________________________
Sobre el autor:
- Jesús Rubio sirvió como plantador en Iglesia Bautista Reformada Luz y Verdad, actualmente es pastor de predicación en Iglesia Bautista del Pueblo, es magister en estudios teológicos y filosofía, es licenciado en ciencias sociales, profesor de biblia y teología en el Instituto Reformado de Colombia, es director académico del Instituto Bíblico luz del Mundo y vive en Valledupar, Colombia.

0 Comentarios