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Una opinión honesta y bíblica acerca del ministerio de la mujer dentro de la Iglesia


No escribo esto desde la distancia. Lo escribo con nombres, con rostros, con historias en mente. Mujeres fieles. Mujeres que oran. Mujeres que sostienen la vida de la iglesia muchas veces en silencio. Mujeres que han sido, en más de una ocasión, ejemplo para mi propia fe.

Y precisamente por eso, porque amo a la iglesia y honro profundamente a las mujeres que Dios ha puesto en ella, siento el peso de hablar con claridad. No desde la dureza, sino desde la convicción. No desde una reacción cultural, sino desde la sumisión a la Escritura.

Mi postura no nace de una preferencia personal. Nace de una rendición.

La tentación de acomodar el texto

Vivimos en una época donde disentir se percibe como excluir, y donde afirmar diferencias es rápidamente etiquetado como desigualdad. En ese contexto, hablar de roles en la iglesia se vuelve incómodo. Y la tentación es clara: suavizar el texto, reinterpretarlo, o simplemente evitarlo.

Pero el problema es que no somos dueños de la Escritura.

El apóstol Pablo, en un pasaje que no podemos ignorar, escribe:
“No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2:12).

Sé que es un texto difícil. Lo es. Pero el punto no es si es difícil, sino si es verdadero. Y si creemos que toda la Escritura es inspirada por Dios, entonces también este texto lo es.

Y no se presenta como una norma cultural pasajera, sino que Pablo apela al orden de la creación (1 Timoteo 2:13-14). Es decir, no está argumentando desde la cultura de Éfeso, sino desde el diseño de Dios.

Iguales en valor, distintos en función

Aquí es donde muchos tropiezan. Porque se asume que si hay distinción de roles, entonces hay desigualdad de valor. Pero esa no es una conclusión bíblica, es una suposición moderna.

Desde el principio, la Escritura afirma que tanto el hombre como la mujer son creados a imagen de Dios (Génesis 1:27). Hay dignidad, hay valor, hay gloria compartida.

Pero también hay diseño.

En la vida de la iglesia, el oficio pastoral —que implica autoridad doctrinal y gobierno— ha sido reservado para hombres calificados. No por superioridad, sino por orden. No por capacidad, sino por llamado.

Esto no reduce a la mujer. Al contrario, protege el diseño que Dios estableció.

El daño de querer “corregir” a Dios

En algunos sectores, el impulso de abrir el pastorado a la mujer nace de un deseo legítimo: reconocer sus dones, dar espacio, evitar abusos. Y todo eso es necesario. La iglesia ha fallado muchas veces en honrar y discipular correctamente a las mujeres.

Pero corregir un error no puede llevarnos a crear otro.

Cuando cruzamos los límites que la Escritura establece, incluso con buenas intenciones, terminamos desplazando la autoridad de Dios por la nuestra. Y eso, aunque se vea compasivo, es profundamente peligroso.

No todo lo que parece justo a nuestros ojos es fiel a la Palabra.

Las mujeres ya están haciendo más de lo que a veces reconocemos

Algo que debemos decir con fuerza es esto: la visión bíblica no silencia a la mujer, la ubica.

Las mujeres enseñan —y deben enseñar— a otras mujeres (Tito 2:3-5). Discipulan. Evangelizan. Sirven. Aconsejan. Oran. Sostienen ministerios enteros. Son columna en la vida de la iglesia.

Reducir la conversación solo a si pueden o no ocupar el púlpito es, en cierto sentido, empobrecer la amplitud del ministerio femenino que la Biblia presenta.

La iglesia necesita mujeres firmes en la Palabra, profundas en su teología, activas en su servicio.

Pero necesidad no redefine mandato.

Esto no es popular, pero es necesario

Sería más fácil decir otra cosa. Sería más cómodo evitar el tema. Sería más aceptado reinterpretar los textos.

Pero no estoy llamado a ser aprobado. Estoy llamado a ser fiel.

Y la fidelidad, en ocasiones, incomoda.

No escribo esto para ganar una discusión, sino para pastorear con integridad. Para no traicionar el texto. Para no acomodar la verdad a la presión del momento.

Una palabra final desde el corazón

A las mujeres que aman al Señor y sirven con fidelidad: gracias. Su labor no es secundaria. No es menor. No es invisible delante de Dios.

A los hombres: liderar no es dominar. Es servir, es amar, es rendir cuentas.

Y a la iglesia: cuidemos el diseño de Dios, no como una carga, sino como un regalo.

Porque cuando intentamos mejorar lo que Dios estableció, terminamos perdiendo precisamente aquello que queríamos proteger.

Mi postura no es perfecta. Pero es rendida.

Y prefiero permanecer bajo la autoridad de la Palabra, aun cuando eso me cueste, que tener la aprobación de muchos a costa de torcer lo que Dios ha dicho.


— Jesús A. Rubio Bolaños. 

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Sobre el autor: 

- Jesús Rubio sirvió como plantador en Iglesia Bautista Reformada Luz y Verdad, actualmente es pastor de predicación en Iglesia Bautista del Pueblo, es magister en estudios teológicos y filosofía, es licenciado en ciencias sociales, profesor de biblia y teología en el Instituto Reformado de Colombia, es director académico del Instituto Bíblico luz del Mundo y vive en Valledupar, Colombia.



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