Un problema general de la Iglesia cristiana en Latinoamérica ha sido su escasa profundidad en las enseñanzas de las Escrituras, y uno de esos problemas se ha relacionado con la doctrina del sacramento del Bautismo. Gran parte de la Iglesia evangélica que está a favor del credobautismo no tiene claro los fundamentos bíblicos para la defensa del mismo, llegando a creerla y practicarla por mero tradicionalismo. Por otra parte, evangélicos que creen en el Bautismo de infantes tienen, por lo general, pobres interpretaciones del porqué sus hermanos bautistas solo bautizan a creyentes.
Los autores del presente ensayo crítico pretenden responder las siguientes preguntas: ¿Cuál ha sido la interpretación a lo largo de la historia de la Iglesia acerca de los que deberían participar del sacramento del Bautismo? ¿A quiénes ordenó Cristo y sus discípulos que recibiesen aquella ordenanza? Y ¿Qué bases hay para argumentar en pro del credobautismo partiendo de los pactos que Dios ha establecido con Israel y su Iglesia?
El objetivo de este ensayo es presentar una explicación y defensa del credobautismo a la luz de las Escrituras, y para esto es preciso recurrir, primeramente, a un vistazo de la manera en como la Iglesia, en toda la historia, practicó está ordenanza. En segundo lugar, se analizará el mandato de Cristo, y se verá su práctica en el libro de los Hechos. Para finalizar, se hablará de cómo por medio de un correcto entendimiento de los pactos bíblicos, éstos nos llevarán a la lógica conclusión que el Bautismo tan solo es apropiado para los creyentes.
1. La práctica del Bautismo a través de la historia cristiana
Para un cristiano, conocer la historia eclesiástica es conocer su propia historia. Ella muestra los aciertos y errores que ha tenido la Iglesia a lo largo de los años, y puede servirle de guía para imitar los pasos correctos de sus antepasados en la fe o para protegerle de no caer en sus mismas falencias. A fin de saber qué es lo que ella creyó sobre quienes debían ser los apropiados para el Bautismo, se dará un corto recorrido por toda la historia cristiana y aclarando los pensamientos que las Iglesias y sus más grandes teólogos tuvieron acerca de este punto y sus razones para creerlas, a fin de tener el panorama más claro sobre el tema que se explicará y defenderá en los próximos dos puntos.
1.1. Desde la Patrística hasta la Reforma
En cuanto a los dos primeros siglos de la Iglesia, los eruditos no han logrado ponerse de acuerdo si los cristianos bautizaban a sus hijos. Algunos ejemplos del porqué de esto se observa en el documento “La Didaché”, escrito probable del siglo primero, que al tratar de las instrucciones litúrgicas para el Bautismo ignora todo lo relacionado con los infantes. Lo mismo se puede decir de la epístola apócrifa de “Bernabé”, el cual, al referirse al Bautismo, tan solo se concentra a lo referido con los creyentes. Como último ejemplo, también se puede mencionar a Justino Mártir (100-162 d.C.), quien, al exponer acerca de la misma ordenanza en su “Primera Apología”, afirma que los que son convencidos y tienen fe en el Evangelio deben ayunar días antes a fin de participar del Bautismo, mas sin mencionar cosa alguna con respecto a sus hijos.
Ahora bien, pasando a tiempos de Orígenes (185-254) y Tertuliano (160-220) es más sencillo concluir que el Bautismo de infantes se volvió la práctica común en la Iglesia, aunque por los escritos de este último apologista se sabe que él mismo menospreciaba esta práctica por considerarla un mero trámite. Mas fuera de él, grandes padres de la Iglesia defendieron y animaron a bautizar a los niños por la gracia que ésta, según ellos creían, concedía al alma; entre éstos estaban cristianos destacables como Cipriano de Cartago, Gregorio de Nacianzo y Juan Crisóstomo. San Agustín tampoco fue la excepción, pues consideró vital el Bautismo para la salvación de los infantes. Y ese fue el pensamiento que la Iglesia tuvo en general hasta el tiempo de la Reforma.
La conclusión que se da a manera personal de esta primera parte de la historia, es que, aunque en un principio lo más probable fuera que la Iglesia tan solo bautizaba a los creyentes, la desviación que cada vez más se dio a la eficacia purificadora que producía el Bautismo impulsó a los creyentes a hacer partícipes a sus hijos también de aquella gracia otorgada en el sacramento. Pues son escasos los textos que hablan del Bautismo de niños sin mencionar sobre la regeneración que adquirían en aquella ceremonia.
1.2. Desde la Reforma hasta la actualidad
La Reforma luterana y la Iglesia alta de Inglaterra no se despojaron enteramente del concepto anterior mencionado, pues siguieron creyendo que los bebes debían ser bautizados a fin de recibir la gracia necesaria para alcanzar la salvación de sus almas. Además, Calvino y sus seguidores también aceptaron el Bautismo de niños, mas no por la base de la necesidad de que allí fuesen nacidos de nuevo, sino más bien lo defendieron por entender que estando los hijos junto con sus padres cristianos dentro del pacto con Dios, ellos debían participar del sacramento de iniciación al igual como lo había practicado la nación de Israel en el A.T. También por aquellos tiempos aparecieron los anabaptistas, los cuales, apelando a que Dios jamás había mandado aquella práctica o negando el pecado original, bautizaban únicamente a los creyentes.
En el siglo XVII también apareció el movimiento bautista en Inglaterra, el cual tenía dos grupos: “generales” y “particulares”; ambos practicantes del credobautismo, aunque los últimos, por ser de una postura calvinista en su antropología y soteriología, no lo hacían por creer que el niño era inocente, sino porque el N.T. jamás había ordenado aquella práctica y porque argumentaban que los pactos que Dios había hecho llevaban al lógico desenlace que al ser aquel Nuevo Pacto con Cristo uno pacto espiritual, tan solo los hijos espirituales de Abraham, es decir, los creyentes, debían participar de este sacramento.
Desde aquellos años hasta la actualidad han surgido muchas más Iglesias evangélicas que han defendido una o la otra postura, aunque se ha visto un mayor recibimiento a aceptar el credobautismo. La causa de esto puede ser el gran recibimiento del sistema dispensacional en los dos últimos siglos, el cual, al separar plenamente a la Iglesia con Israel, y al deshacer la similitud entre el Bautismo y la circuncisión, mira el argumento paidobautistas de la continuidad del Antiguo y Nuevo Pacto con muy poco valor. Pero, de la misma manera que no se debe confundir los argumentos de los sacramentalistas con los de la Iglesia reformada, tampoco es válido tratar de ver semejantes los argumentos dispensacionalistas con la de los bautistas calvinistas.
Para finalizar este punto, aunque es cierto que la mayor parte de la historia cristiana la Iglesia ha defendido el paidobautismo, esto no debe dar alguna cabida a temer más a la tradición que a la Escritura. Para esto sería de buena ayuda leer al reformador Juan Calvino, quién al escuchar que los defensores del credobautismo buscaban tan solo obedecer a la Palabra, declaró: “Esta objeción me parecería suficiente si pudiesen demostrar su afirmación de que el Bautismo es un invento de los hombres y no procede de una orden divina”. Y: “Si se ve que [el Bautismo de infantes] parte de una iniciativa humana, acepto abandonarlo y practicar estrictamente lo que el Señor mandó”. Por tanto, es necesario, para definir esta controversia, recurrir finalmente a la única regla infalible, las Escrituras de Dios.
2. El mandamiento del Bautismo y su práctica en la Iglesia apostólica
El Bautismo fue instituido por Cristo en la Gran Comisión, el cual está comprendido en las siguientes palabras: “Por tanto id” (es decir, porque toda la tierra está sujeta a mí). En esas primeras palabras se puede ver con claridad la misión de los discípulos, ellos tenían que ir a todo el mundo y predicar el evangelio para traer al rebaño de Dios al arrepentimiento y al conocimiento mediante la fe. Y de ahí serian bautizados en el nombre de Dios y como resultado les sería dada la señal del Bautismo. La forma del Bautismo también fue establecida por Jesucristo, por inmersión en agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Simbolizando la inmersión el morir, renacer y resucitar con Cristo a novedad de vida, a través del triunfo del Señor en el Calvario.
2.1. El mandamiento de Cristo
El texto de la Gran Comisión es el mandamiento de la institución oficial de la ordenanza del Bautismo. El Señor Jesús les ordenó a sus apóstoles a que vayan y hagan más discípulos por todas las naciones. Se puede decir que mandó a “adoctrinar a los gentiles". En griego, “adoctrinar” es el único verbo imperativo. “Yendo”, “bautizando” y “enseñando” son participios, subordinados al imperativo “adoctrinar.” Para cumplir esta misión, los discípulos deben ir, bautizar y enseñar. De esta manera, cada uno de estos participios tiene un carácter imperativo pero el único verbo en esta comisión es “hacer discípulos”. Es decir, solo los apóstoles podrían bautizar a quienes daban muestras de ser discípulos de Cristo, creyentes y obedientes a las ordenanzas de Él.
Un discípulo es un estudiante o seguidor, una persona dedicada a aprender lo que el maestro tenga que enseñarle. Típicamente, en la antigua cultura judía, un joven que aspiraba a volverse un rabí le pediría a un rabí practicante que le permitiera ser su discípulo. Por lo tanto, “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20) es un componente natural de la comisión del Señor Jesús.
2.2. La práctica del credobautismo en los Hechos de los Apóstoles
Los ejemplos que muestran la Biblia de las gentes que fueron bautizadas sugieren y aclaran que el Bautismo fue administrado solo a las personas que hicieron una profesión creíble y pública de su fe. Una muestra clara de esto se puede ver cuando Pedro terminó su predicación en Pentecostés: “los que recibieron su mensaje fueron bautizados” (Hch. 2:41). Es decir, que el Bautismo solo fue administrado por quienes recibieron el mensaje evangélico y confiaron en Cristo para salvación.
Otro ejemplo se encuentra en Hechos 18:8: “Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios creían, y fueron bautizados”. El hecho de la conversión de Crispo parece haber tenido una tal importancia que el mismo apóstol Pablo lo bautizó, aunque ésta no era su costumbre (1 Co. 1:14-16). En la ciudad de Corinto el Apóstol tuvo que vencer numerosos obstáculos y oposiciones que le fueron presentados por los de la misma ciudad; sin embargo, por causa de sus predicaciones muchos recibieron el evangelio. Entre este número se encontraba Crispo y también su familia. “Crispo, el jefe de la sinagoga y su familia se convirtieron y fueron bautizados”. Al parecer las palabras “creyó en el Señor con toda su casa”, no implica la idea del Bautismo infantil, pero si allí había niños que fueron bautizados, indudablemente eran de una edad tal que podían creer en las palabras de Pablo.
Otro ejemplo claro y de igual modo se puede ver cuando Felipe predicó el evangelio en Samaria, que dice: “Pero cuando creyeron a Felipe” (Hch. 8:12). Al escuchar que Felipe les anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y del nombre de Jesucristo, tanto hombres como mujeres se bautizaron. El punto de estos dos pasajes es que el Bautismo se administró apropiadamente solo a los que habían recibido el evangelio y confiado en el Señor. Además, hay otros pasajes que dan evidencia de esto, como el caso de Lidia y su familia después que el Señor abrió su corazón para que creyera (Hch. 16:14-15).
En los pasajes del N.T. que señalan Bautismos de familia había algo en común, y era que había indicaciones de arrepentimiento y fe salvadora de parte de todos los bautizados. Todos concuerdan que el carcelero de Filipo y su familia fueron bautizados (Hch. 16:33), pero lo que también se debe aceptar por todos, es que Pablo y Silas le predicaron el evangelio al carcelero y todos los que estaban en su casa, y si la Palabra del Señor fue predicada a todos los que estaban en su hogar, se da por sentado que todos tenían edad suficiente para entender la Palabra y creer en ella. Y aquello último no es una especulación, pues las Escrituras registran que después que la familia del carcelero fue bautizada todos ellos se alegraron en demasía por haber creído en Dios (Hch. 16:34).
Para finalizar estos ejemplos, con respecto al caso de la familia de Estéfanas (1 Co. 1:16), cabe notar que Pablo dice al fin de la “Epístola a los Corintios” que los de la familia de Estéfanas fueron los primeros convertidos en Acaya, y que se dedicaron a servir a sus demás hermanos. Esto quiere decir que todos los ejemplos de Bautismo colectivo de familia que se encuentra en la Biblia contienen en común que todos los receptores tuvieron fe después de habérseles expuesto a la predicación del Evangelio.
3. La relación entre los pactos divinos y el Bautismo
Habiendo ya expuesto quienes deberían ser los únicos en participar del Bautismo por el mandamiento del Señor Jesús y por la práctica unánime de sus discípulos. La intención de este último punto es el de no aislar este sacramento con lo que toda la Escritura nos señala acerca de ella. A fin de cumplir con este objetivo, es necesario hablar de los pactos que Dios ha establecido con los hombres, porque puede existir la confusión de ver idéntico la naturaleza del pacto hecho con la Iglesia que con la del pueblo de Israel y, por ende, se puede lograr pensar que al igual que en el Pacto Abrahámico se debía circuncidar a los niños, ahora en el Nuevo Pacto se debe bautizar a los hijos de los creyentes. Por tanto, se analizará lo que Jeremías 31:31-34 tiene que decir respecto de este tema en cuestión, y se mostrará qué tanto ella nos debe llevar a concluir quienes deben ser los candidatos para el Bautismo.
Sobre el pasaje de Jeremías, se puede observar con claridad un contraste entre el Antiguo y Nuevo Pacto. En los dos primeros versículos de la profecía el Señor rehusó volver a hacer un pacto similar al que había hecho antes con la nación de Israel. ¿Y por qué esto? Porque Israel lo podía invalidar por sus transgresiones. Con esto se puede concluir que el propósito del Nuevo Pacto era el de hacer que la comunidad de ésta pudiese siempre andar en las sendas de la vida piadosa. Empero, ¿cómo esto sería posible? Pues, no solo dando a conocer sus leyes a su nuevo pueblo, sino también produciendo en los corazones de ellos la capacidad a fin de cumplir todas sus leyes.
Cuatro promesas menciona Dios que efectuaría con la comunidad de su nuevo pacto, las cuales, en forma breve, se puede resumir en cuatro pequeñas palabras: regeneración, reconciliación, santificación y justificación. Esto demuestra la superioridad del Pacto Mesiánico en comparación a los demás, pues en éste las promesas serían espirituales, las cuales cambiarían la condición espiritual de la nueva nación. Se puede decir que el gran defecto de la anterior alianza fue que su comunidad estaba integrada por la descendencia física de Israel, en el cual había tanto creyentes como impíos. Y de esa nación mixta muchas veces llegaban a ser los impíos quienes dominaban, tanto así que en tiempos de Isaías Jehová podía acusarlos de ser más ignorantes que un buey con respecto al conocimiento que tenían ellos de su dueño, y de condenarlos al cautiverio y la muerte.
Todo esto cambiaría en el Nuevo Pacto, pues el Señor transformaría el corazón de su pueblo a fin de que todos pudiesen obedecerle, ser sus hijos, conocerle, y ser perdonados. Sería imposible, entonces, que en aquel pacto renovado alguno fuese condenado a causa de sus rebeldías, pues Dios cambiaría el corazón de cada uno de sus miembros a fin de que obedeciesen a toda su santa ley. Y no solo aquello, sino que serían adoptados por Él a fin de alcanzar todas las bendiciones en el Unigénito. También sería imposible que alguno de ellos pereciese a causa de su ignorancia espiritual, pues no habría entre el pueblo quien no supiese quien era su Dios y Padre. Y, por último, todos serían perdonados para siempre por sus pecados a causa del Mediador que el mismo Padre daría para ellos; por tanto, jamás conocerían la condenación y muerte eterna.
Ahora bien, ¿el Nuevo Pacto fue ya establecido? Se puede ver como Jesucristo lo mencionó cuando instituía la Santa Cena. También el apóstol Pablo aclaró ser ministro de aquel nuevo pacto, y enseñó a la Iglesia de Corintio que ellos tenían en sus corazones la ley escrita por el Espíritu de Dios. Además, el autor de Hebreos citó literalmente estas promesas para mencionar que sus lectores habían ingresado a un mejor pacto por la mediación del Señor Jesús. ¿A qué se quiere llegar con todo esto? Con esto se desea afirmar que el pueblo de aquel Nuevo Pacto no es sino la Iglesia cristiana. Y si esto es así, entonces queda notoriamente demostrado que en la comunidad cristiana no pueden estar los hijos de los creyentes hasta que estos mismos confiesen su fe en el Salvador.
Regresando al tema del Bautismo, es cierto afirmar con muchos paidobautistas que este sacramento tiene mucha semejanza con la circuncisión, pues ambas se habían de realizar únicamente a la comunidad del pacto como un rito de iniciación. Pero la real cuestión aquí es, ¿quiénes son realmente miembros del Nuevo Pacto hecho por Jesucristo? Universalmente se acepta que en el anterior pacto lo eran todos los israelitas por ser hijos de Abraham. Pero, por lo visto anteriormente sobre la naturaleza del Nuevo Pacto, se debe concluir que tan solo los nacidos de nuevo y justificados, es decir, los hijos espirituales de Abraham, pueden recibir aquella ordenanza para volverse miembros de la Iglesia local y visible.
Sería bueno también preguntarse a fin de profundizar más sobre este punto: ¿Cuál era el significado del Bautismo para los discípulos de Cristo? Un vistazo a las cartas del N.T. mostrará lo siguiente: Para los cristianos el Bautismo significaba la muerte al pecado, la unión con Jesucristo y una nueva vida mediante la fe en Dios. ¿Podría un infante ser bautizado si lo que representa aquella ordenanza no lo tuviese? Es más, ¿qué gracia alcanzaría un infante mediante un signo que trata de confirmar algo que aún no ha alcanzado su alma?
Se debe declarar por la autoridad de las Escrituras: Sin salvación no sirve el Bautismo. Y si alguno dijere que se bautiza a los infantes con el fin de que cuando crezcan sepan que lo que significó y señaló su Bautismo le puede corresponder a él si lo acepta con fe, entonces, ¿cuál sería el impedimento para bautizar a cualquiera otra persona, o al menos a otros niños, si finalmente se le pudiese decir lo mismo que a los hijos de los padres creyentes? Tal razón no tiene un buen fundamento, y se debe concluir por medio de la doctrina de los pactos que ésta establece lógica y claramente el credobautismo en la Iglesia nuevotestamentaria.
CONCLUSIÓN
Como pudo demostrarse por el mandato de Jesucristo en la Gran Comisión, la práctica de los primeros discípulos en el libro de los Hechos, la comunidad espiritual del Nuevo Pacto, es decir, los creyentes, e incluso por el aporte que ha dejado la historia cristiana sobre los dos primeros siglos; el Bautismo solo fue administrado en los que podían dar una profesión de fe pública y creíble.
Por tanto, se puede decir que los argumentos principales del paidobautismo no tienen un asidero en la Biblia, y esto tanto en los que promueven el sacramentalismo en el Bautismo como los argumentos que plantean la mayor parte de la Iglesia reformada con respecto a los pactos divinos. También se ha logrado ver que este ensayo no trata de sustentarse en la postura dispensacional, pues se ha expuesta en el último punto acerca de la continuidad y diferencia de los pactos, el mismo significado que tenían el Bautismo y la circuncisión, mas el hecho que el primero era para los hijos carnales del creyente Abraham, y el segundo para sus hijos espirituales.
Para finalizar, se anima al lector a profundizar más sobre este tema a fin de no confesar aquello que pueda creer solo por sus tradiciones, sino más bien por el estudio detenido de otros escritos de maestros cristianos; recordando que en última instancia son las Escrituras quienes deben dar su veredicto final a éste y cualquier otro tema en debate.
— Jesús Rubio
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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La Confesión de Augsburgo.
Pink, Arthur W. Los pactos divinos. Tampa, FL: Doulos, 2017.
Ropero, Alfonso. Lo mejor de los padres apostólicos. Viladecavalls, Barcelona: Clie, 2004.
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